Thank you, thank you, thank you

This is it. Not some other time, not some other place. Right here. Right now. I am standing at the exact center of infinity and I see beauty and perfection and absolute delight everywhere and in every thing. The touch of the slightest breeze, the sight of a single star through cloud-swept skies, the howls of coyote pups in the distance and the sheer glory and beauty of it all is enough to tear me to shreds and all I can say is thank you, thank you, thank you.

— Jed McKenna

Música para una cuarentena


We would go on as though nothing was wrong
Hide from these days, we remained all alone
Staying in the same place, just staying out the time
Touching from a distance, further all the time

El Calafate

Salida de Puerto Natales

La ruta, de menos de 400 kms, parece casi como un descanso comparada a la dificultad de los últimos trayectos. ¡De nuevo, equivocados!

El día empieza jodido. Con frío y lluvia. Enrollado en el saco de dormir y a pesar de las cinco capas de ropa, no consigo calentarme. Acampar en un lugar como Puerto Natales sólo es una buena idea si uno busca ahorrar dinero. Camping Güino nos ha tratado bien pero estoy feliz de partir hacia, espero, un lugar menos frío (y menos abarrotado).

Empacar, desmontar la carpa, acomodar el equipaje, montar y asegurar todo en la moto. Armar tu vida de adentro hacia afuera. La ya conocida rutina. En un descuido, rompo en dos el pedazo de madera que traigo desde Nasca y que me ha sido tan útil para elevar la moto cuando hace falta algún mantenimiento. Me quedo mirándolo un rato, sopesando qué hacer. Decido guardarlo, igual, roto y todo. Ya veré cómo lo arreglo. O lo reemplazo, si puedo. Hasta entonces, seguiremos juntos, como tantas otras cosas remendadas, que dan testimonio de la dureza de la ruta.

La experiencia me ha mostrado que hace falta tener el reemplazo en mano antes de deshacerme de algo, por más fácil que parezca. Hacerlo es como desafiar al universo para que haga de las cosas más elementales, un tesoro imposible de encontrar. Una aguja, un pedazo de alambre, un tipo particular de tornillo. Entre la incertidumbre, la entropía y mi mala memoria, los días se han vuelto semanas en esas pequeñas y un tanto absurdas búsquedas . Para algunas cosas, el tiempo sigue contando.

Salimos tarde, como de costumbre. Decidimos, sin estar muy seguros, llevarle la contraria al GPS y en lugar de ir hacia Cerro Castillo, el paso fronterizo principal, tomar una ruta más corta pero cuyo estado es incierto.

Dejamos Chile con el combustible justo para alcanzar Río Turbio, el primer poblado del lado argentino por esta vía alternativa. Si algo saliera mal en la ruta, nos veríamos en un potencial aprieto. Todo sea por el ahorro de la gasolina vecina y, quizás, una pizca de aventura.

Cruzamos frontera sin mayores novedades. Lo que antes era suficiente para producir un pico de ansiedad se ha convertido en un trámite más. El cambio de ruta da resultado y alcanzamos Río Turbio. Tanqueamos en la primera gasolinera, felices de haberle ganado la apuesta al GPS. Comemos junto a la estación de servicio: alas de pollo y ensalada compradas en Chile.

Pablo, un argentino, nos hace conversación. Tiene una Super Tenere casi nueva. Lo han trasladado aquí desde su natal Misiones, en la esquina opuesta del país. Trabaja en la planta de carbón que proporciona electricidad a la región. Nos cuenta sobre el invierno del ’84, donde la nieve alcanzó tres metros y hubo desabastecimiento y saqueos en la ciudad. También sobre su vida en California y sus viajes en una Vulcan 1500.

Otro error

La dicha dura poco. Nuestro viejo y conocido antagonista entra en escena. El pronóstico había predicho vientos de 20 kms/h pero es claro que ha habido un cambio de planes. Las ráfagas, que fácilmente alcanzan cuatro veces esa velocidad, aparecen de la nada y parecen decididas a sacarnos hacia la banquina, o, peor, hacia el carril contrario. Es una suerte que el tráfico pesado sea poco hoy.

Como ya nos había pasado en la ruta 3 hacia Ushuaia, las motos, inclinadas en un ángulo ridículo (única manera de resistirse a la enorme fuerza), dan bandazos de lado a lado, esforzándose para sobreponerse, consumiendo el doble del precioso combustible en el proceso.

Avanzamos por la mitad de la carretera para tener un mayor margen de maniobra frente a las súbitas y más fuertes corrientes que amenazan con empujarnos a un lado. Pronto empiezo a sentir los músculos del costado izquierdo, tensos y doloridos por el esfuerzo. El cuello se ha vuelto una estaca que lucha por permanecer en su lugar.

Sin duda es el viento más potente que hemos experimentado hasta la fecha. Y para hacerlo más interesante, se trata de un aire gélido, proveniente de los glaciares. La temperatura baja rápidamente varios grados. Se siente como si alguien hubiera dejado abierta la puerta del congelador de los dioses.

Su rugido es tan increíble como su fuerza y sobrepasa todos los demás sonidos. A duras penas se alcanza a oír el motor. Ni hablar de los intercomunicadores. Como resultado, en algún punto, sin darnos cuenta, Jorge y yo nos hemos separado.

Continúo por mi cuenta un rato más hasta que el frío se hace insoportable. Encuentro un puesto fijo en medio de la pampa y me adentro en él. Tengo los dedos entumecidos. Me las arreglo para sacar los guantes de invierno y ponerme el impermeable. El viento sigue en todo momento, indiferente a mis esfuerzos. Procuro hacer todo lo más rápido para volver a la ruta. El cansancio y el afán, sin embargo, me llevan a cometer un error que sólo notaré horas después, cuando ya es demasiado tarde.

Vuelto a la carretera y poco después me reencuentro con Jorge. A nuestra izquierda, el sol del atardecer ilumina una cadena de nevados. La vista es increíble. Las siluetas de algunos guanacos se recortan contra la pampa interminable. Empezamos un descenso sinuoso donde el viento nos da un descanso. Aprovechamos para conversar un rato. Me entero de que me ha esperado en el borde de bifurcación donde había un atajo por una carretera secundaria sin pavimentar. No entendemos cómo yo lo he pasado sin que ninguno viera el otro pero ha pasado. Al final, creo que ha sido mejor así, la combinación del viento y el ripio podrían haberle dado un final muy diferente al día.

Llegamos a El Calafate. Atravesamos su calle principal, llena de cervecerías y restaurantes. El viento ha vuelto a imponerse. Buscamos un sitio para cenar y aprovechamos para buscar alojamiento. Las opciones son caras aquí y terminamos en un peculiar hostal familiar cerca al restaurante. Al momento de volver a la moto, reparo en el error que he cometido producto del viento y el cansancio en mi breve parada en el puesto fijo al borde la carretera: he perdido las llaves de las maletas.

Viajando Conmigo

A donde quiera que vaya
a donde quiera que me mueva
nada va a pasar
nada va a cambiar
porque me llevo a mí conmigo
No me quedo allá atrás
no me alejo de mí:
me traigo a cuestas
Otra casa otro cielo otro tiempo
darán lo mismo: son lo mismo
La vida no está en otra parte
la vida está donde uno está

Oscar Hahn

Cuarentena : Día I

Salimos del Hostal Baobab pasado el mediodía, agradecidos por el cambio de acontecimientos. Con el aislamiento al que nos dirigíamos sin saberlo, esa decisión repentina de mudarnos habría terminado por ser una movida crítica a nuestro favor.

Avanzamos por la calle principal en dirección al glaciar, como nos explicó Beatriz del Airbnb. A las afueras de la ciudad, nos desvíamos por una carretera secundaria, llena de ripio, que asciende hacia las montañas que rodean El Calafate. Después de dar vueltas un rato buscando el lugar, sin éxito, lo encontramos.

Está ubicado en una esquina. Una construcción de dos plantas, simétrica, que alberga cinco apartamentos por cada lado. Nos corresponde la cara interior, junto a la casa del vecino. Un border collie nos ladra (como es costumbre con muchos perros) al vernos llegar en la moto pero se esconde una vez descendemos y nos acercamos. Resulta ser un poco tímido.

Bajamos nuestras cosas y tomamos posesión del lugar. Será la primera vez en casi dos meses que tenemos un espacio para nosotros. Había ya dentro nuestro una calmada desesperación. Desde Buenos Aires, habíamos dado tumbos por cuartos de hotel, zonas de camping. y habitaciones compartidas en hostales y en apartamentos. Saboreamos de antemano el alivio de volver a un lugar propio (o a la ilusión momentánea de tenerlo) y poder cocinar, trabajar sin interrupciones o simplemente andar por ahí.

En las noticias, el coronavirus parece ir tomando fuerza. La amenaza que hasta ahora era lejana empieza a tomar forma con una rapidez inquietante. Igual, debe ser todo una exageración. Un miedo pasajero. Nada que pudiera cambiar demasiado nuestros planes, ¿no es cierto?

Los modales y el cansancio

«Cuando un hombre está tan cansado como nosotros tiene los nervios de punta y cada uno ha de esforzarse por no irritar a los otros. En esta marcha nos tratamos con mucha más consideración de la que hubiéramos tenido en circunstancias normales. Los viajeros experimentados nunca se apegan tanto a la etiqueta y a los buenos modales como cuando están en un aprieto».

Frank Worsley

On white moderates

I must make two honest confessions to you, my Christian and Jewish brothers. First, I must confess that over the past few years I have been gravely disappointed with the white moderate. I have almost reached the regrettable conclusion that the Negro’s great stumbling block in his stride toward freedom is not the White Citizen’s Counciler or the Ku Klux Klanner, but the white moderate, who is more devoted to ‘order’ than to justice; who prefers a negative peace which is the absence of tension to a positive peace which is the presence of justice; who constantly says: ‘I agree with you in the goal you seek, but I cannot agree with your methods of direct action’; who paternalistically believes he can set the timetable for another man’s freedom; who lives by a mythical concept of time and who constantly advises the Negro to wait for a ‘more convenient season.’ Shallow understanding from people of good will is more frustrating than absolute misunderstanding from people of ill will. Lukewarm acceptance is much more bewildering than outright rejection.

Martin Luther King, 1963

Escapando de Bolivia II

Son las siete de la mañana. El hombre en la televisión es Evo Morales, el presidente de Bolivia. Debajo suyo rotan variaciones del mismo titular:
se ha decidido convocar nuevas elecciones.

Nos miramos en silencio, todavía desde la cama, tratando de descifrar lo que implica este último giro de acontecimientos. El anuncio, conjeturamos, podría calmar los ánimos lo suficiente para que nuestro plan de continuar hacia Uyuni sea todavía una posibilidad.

Sin embargo, el optimismo dura poco. Mientras desayunamos, las noticias muestran un desfile de personajes opositores pidiendo la renuncia de Morales. Entre cada declaración, transmiten escenas de lo que parecen protestas en varios puntos del país. Una comisión de mineros que se dirigía a La Paz proveniente de Potosí, se dice, ha sido atacada por francotiradores en un bloqueo cercano a Oruro dejando varias víctimas mortales.

Los rumores en el pequeño hotel de carretera hablan de barricadas en el siguiente pueblo. Más adelante, bloqueos y enfrentamientos. La sección más crítica se sitúa más al sur, en la vía nacional Oruro – Uyuni, justo la misma que hemos intentado tomar. La información es fragmentada y los reportes confusos pero hay un consenso general: lejos de mejorar, la situación está empeorando.

Después de discutirlo con mapa en mano, decidimos tomar una ruta secundaria y hacer un desvío de unos 200 kms hacia el oeste para evitar Oruro y alcanzar a Uyuni por vías menos transitadas.

Compramos agua y provisiones. Don Abraham, el dueño, se toma una foto con nosotros antes de salir hacia Patacamaya, nuestro primer hito del día. Tiene una reconfortante energía paterna que en este momento se siente como una bendición.

Los dos carriles contrarios permanecen vacíos. Pronto aparecen autos en dirección opuesta, invadiendo uno de los nuestros. Sabemos lo que significa pero decidimos seguir. Cinco minutos después, el siguiente pueblo aparece en el horizonte. La enorme fila de autos estacionados en la salida opuesta confirma lo que ya sospechábamos: otro bloqueo. 

A un costado, en la entrada hacia una carretera de tierra, divisamos otro grupo, más pequeño, detenido. Unas personas han bajado de los vehículos y parecen estudiar algo en la vía. Nos acercamos y encontramos que una larga y profunda zanja, paralela a la vía del tren, para bloquear el paso. Seguramente un intento de los manifestantes por cerrar los posibles desvíos. Después de una pausa, parados sobre los posapies para maniobrar mejor, nos lanzamos en diagonal por un estrecho espacio libre de rocas. Las motos se sacuden y saltan con violencia como potros salvajes. De alguna forma, hemos conseguido pasar.

Aun me vibran un poco los dientes por el remezón cuando aparece la siguiente sorpresa, esta vez en forma de río. A diferencia del lecho seco del día anterior, éste fluye alegremente arrastrando suficiente caudal como para resultar inquietante. El agua es de un bonito azul turquesa. Dentro de ella, hasta la cadera, hay una mujer. Se apoya con una mano en un letrero de madera que lee “PROHIBIDO MOTOS” mientras nos invita a pasar con la otra. Otro pequeño guiño del viaje que no pasa desapercibido. Jorge entra primero. Al llegar a la parte más profunda, la moto alcanza un suelo lleno de rocas y se sacude por un momento al perder agarre. Con un golpe de acelerador, consigue enderezarse y atraviesa al otro lado sin problema.

Nos detenemos constantemente para intentar descifrar esta intrincada red de caminos secundarios. El GPS sólo registra una porción minúscula, debemos apoyarnos en conjeturas y un poco en el azar para continuar. Durante un rato, avanzamos sin novedad por el difícil terreno. Las motos, que deben sobrepasar los 300 kilos, se comportan a la altura. Cada vez me sorprende más su resistencia. En verdad son máquinas increíbles.

Desde que cruzamos el río, no hemos visto a nadie más. Los caminos y las casas que se divisan desde él parecen desiertos. Sin embargo, esto está a punto de cambiar pues nos encontramos de frente con un retén improvisado. El descubrimiento nos toma por sorpresa. ¿De dónde han salido y por qué están en un punto tan alejado de la vía principal? De repente, comprendo que la aparente soledad ha sido sólo eso, una ilusión y que hay ojos viéndonos. No hay tiempo para pensar mucho más pues nos hacen señales para detenernos.

El retén está conformado por una docena de personas. La mayoría están sentadas al lado del camino bajo el fuerte sol. Junto a ellos hay botellas y comida. Nadie habla. Son todos de apariencia campesina, muy humildes. El rostro vivo de la desigualdad. Es la primera vez que estamos tan cerca físicamente. Quiero preguntarles sobre la situación. Escuchar de sus propias voces lo que está pasando. Lo que sabemos es sólo una isla en un gran mar de suposiciones. Pero mi instinto me dice que éste no es el momento. En sus miradas, entre el cansancio, creo ver algo de desconfianza. Intento vernos a través de sus ojos y me parece comprenderlo. Somos dos extranjeros en motos enormes cargados de maletas. Nos han encontrado en un camino secundario intentando eludir los bloqueos de las vías principales. Los sucesos de ayer nos mostraron que hacerlo es una grave falta de respeto. Nunca fue nuestra intención, por supuesto, pero eso ellos no tienen forma de saberlo.

Una voz me devuelve a la realidad. Pertenece al hombre que hasta hace un momento sostenía la soga que impedía el paso. Se ha acercado hasta Jorge y sus preguntas me llegan hasta mí a través del intercomunicador. De dónde venimos, para dónde vamos, de dónde somos, qué hacemos ahí. La tensión es palpable. Un segundo hombre se acerca hacía mí y repite el cuestionario. Nuestras respuestas parecen satisfacerlos. Tras una breve pausa en silencio. Nos piden algo de ayuda para la causa. Les damos algo de dinero. Con la cabeza, sin mediar palabra, nos hacen un gesto para que avancemos.

Continuamos. Nos encontramos con algunos vehículos que vienen en dirección contraria. Buena señal. Debemos estar cerca de Patacamaya. Seguimos en esa dirección y en efecto, unos minutos después hemos alcanzado nuestra primera parada. La alegría inicial se mezcla con algo de preocupación. El desvío ha funcionado, hemos evitado el bloqueo. Sin embargo, han pasado casi dos horas y apenas avanzado 32 kilómetros. Quedan alrededor de 660 para alcanzar Uyuni. Nos ponemos rápidamente en marcha. No lo sabemos aún pero la prisa me lleva a cometer un error. He olvidado repostar gasolina.

Positive Drug Story

Today a young man on acid, realized that all matter is merely energy condensed to a slow vibration, that we are all one consciousness, experiencing itself subjectively, there’s no such thing as death, life is only a dream and we are the imagination of ourselves…

Here’s Tom with the weather.

Bill Hicks – Revelations

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