Escapando de Bolivia I

El tráfico está casi detenido. Los microbuses vibran y zumban como un enjambre. La gente camina rápido en todas direcciones en búsqueda de refugio. Son apenas las cuatro y media de la tarde pero el manto oscuro que avanza amenazador desde el horizonte sugiere algo muy diferente.

En lugar de evitar la ciudad de El Alto, la Ruta Nacional 2 proveniente de Copacabana desemboca directamente en su calle principal. El buen ritmo que hasta entonces habíamos llevado se ha reducido a pequeños tirones entre los movimientos erráticos del panal. Ahora las primeras gotas de la tormenta que intentábamos dejar atrás empiezan a caer sobre las calles polvorientas.

El Alto es la segunda ciudad más poblada de Bolivia y sobre los 4000 metros de altura, también es una de las más altas. Se funde con La Paz para formar la urbe metropolitana más grande del país. Por encima de ésta, la tormenta que empieza, ha venido cerniéndose una más grande. Una tempestad social en forma de manifestaciones, enfrentamientos y bloqueos desde que las elecciones anunciaron la re-elección del presidente actual hace poco más de una semana. El Alto ha sido uno de sus epicentros. Desde la televisión de nuestro cuarto de hotel en la ahora lejana Copacabana hemos visto su nombre una y otra vez en las noticias. Habíamos decidido con una mezcla de incertidumbre y respeto y saltarnos La Paz para pasar directo hacia Oruro en nuestro camino hasta Uyuni. Un error de cálculo en la Ruta Nacional 2 nos ha llevado directo aquí.

Decidimos probar suerte y salimos por una calle secundaria. El GPS nos lleva a través de barrios humildes con carreteras de tierra que parecen haber sido bombardeadas. En las paredes de ladrillos se leen, pintadas en aerosol, variaciones de la misma frase: «Cualquier ladrón será quemado vivo». En otras se ven murales políticos a favor y en contra de Evo Morales. Perros callejeros recorren las calles ahora casi vacías. Unos cuantos, duermen sobre la tierra, como muertos. Otros han roto las bolsas de basura en las esquinas y se pelean por su contenido.

El desvío parece funcionar y avanzamos cada vez a mejor ritmo. Llevamos todavía la tormenta en los talones pero hay esperanza. Estamos ya casi al otro lado de la ciudad. Una risa nerviosa reemplaza la tensión. Ha estado cerca. Menudo contraste, ahora recorremos una autopista casi desierta.

Pasamos lo que parece ser uno de los últimos semáforos y las risas se acaban de repente. Una fila de carros aparece de la nada en dirección contraria invadiendo nuestro carril. Salimos a la berma para darles paso. ¿Qué carajos fue eso? No hay más tráfico en dirección contraria. Intento descifrar qué pasa más adelante. Una columna de humo negro se eleva lentamente. Se entrevén siluetas agitando los puños hacia el cielo. ¿Podría ser…?

Nos cambiamos al carril auxiliar y continuamos despacio. Vemos cómo el tráfico enfila hacia otra calle buscando un desvío. Decidimos avanzar un poco más antes de seguirlo. Todo esto ocurre espontáneamente. Los intercomunicadores están cargando y nos comunicamos por señas mientras tanto. Recuerdo las experiencias de otros viajeros en situaciones similares donde han enfrentado bloqueos y les han permitido pasar. En mi mente, todo tiene sentido. Seguro será así aquí también. Venimos de paso. No pertenecemos a ningún bando. ¿Por qué habría de ser diferente?

El carril auxiliar se convierte en un terraplén de color rojizo suavizado por la lluvia. Salvo por un Mercedes color verde adelante, somos los únicos. Reconozco en el carril central a una van decorada con pegatinas mexicanas que habíamos visto en Copacabana. Parecen compartir nuestro mismo plan. Nos detenemos un momento para poner los intercomunicadores y discutir qué hacer. Por el rabillo del ojo, veo que el dueño del Mercedes se ha apeado y observa la zanja que se abre adelante, cuestionándose sobre seguir o regresar.

Desde nuestra nueva posición, pueden verse claramente a los manifestantes. Hombres y mujeres caminan en pequeños grupos alrededor de las hogueras y el humo. El vehículo de los mexicanos está dando marcha atrás. Algo no está bien. Reparo simultáneamente en varias cosas. El conductor del Mercedes ha regresado a su carro e intenta franquear lentamente la zanja. Lucho con los guantes que me impiden conectar el intercomunicador. Hay una tensión palpable en el aire. De repente se hace muy importante hablar con Jorge. Algo me dice que debemos actuar rápido. Levanto la mirada y veo a un par de siluetas avanzar en nuestra dirección desde el bloqueo. De repente me doy cuenta que somos los únicos que se han acercado hasta este punto. No veo a nadie más alrededor. ¿Dónde se ha metido todo el mundo? Mis dedos resbalan una y otra vez sobre el cable. Los movimientos se hacen cada vez más frenéticos, sin éxito. El Mercedes ha pasado la zanja y está ahora en la mitad entre ellos y nosotros. Más siluetas se unen al grupo. ¿Vienen hacia el carro o hacia nosotros? Algunos empuñan palos y están gritando algo. En un instante parecen haber recortado mucha distancia. A la mierda con los intercomunicadores. Escucho la voz de Jorge. «Vámonos de aquí». Damos la vuelta. Las motos están más pesadas que nunca. Ambos nos concentramos en evitar una caída. Los casi trescientos kilos parecen haberse duplicado. Las botas se hunden en el barro. Por un instante, resbalo y me preparo para perder el equilibrio pero de forma inexplicable, consigo enderezar la moto en el último momento. Algo estalla detrás nuestro. El sonido es suficiente para romper la parálisis y terminar de dar la vuelta.


Regresamos hasta el desvío y nos metemos en la fila con el resto del tráfico. Nos adentramos por caminos despoblados. Hacemos zigzag sin un rumbo claro. Nos vamos separando en grupos apostando por caminos diferentes. Las calles van perdiendo forma y las casas empiezan a espaciarse más y más. Pronto nos encontramos al borde del desierto. El GPS no reconoce ya nuestra posición. La ciudad es ahora una línea en el horizonte del cuál se desprenden columnas de humo negro. Más bloqueos. Del otro lado está la tormenta, de nuevo, ganando terreno. Pasamos un río seco con algo de dificultad. Avanzamos a ciegas por entre las trochas, intentando calcular el punto dónde entrar de nuevo a la carretera principal. La luz se hace más escasa. Después de varios rodeos, lo conseguimos. El carril opuesto está desierto. Debe haber otro bloqueo en algún punto. Aprovechamos el asfalto y aceleramos a fondo. La tensión da paso a una risa nerviosa. Es tarde pero todavía podemos alcanzar Oruro si apretamos el paso. Hacemos cálculos mientras repasamos la situación. Estamos tan absortos en la tarea y está tan oscuro ya que no vemos el humo y para el momento en que reparamos en las piedras tiradas en el camino debajo de un paso elevado, estamos de nuevo cara a cara con el siguiente bloqueo.

Nos detenemos una vez más. La situación reviste una gravedad diferente. Hay personas sobre el paso elevado pero la carretera parece estar desierta. En su lugar hay una capa de piedras grandes. ¿Podríamos sortearlas, dado el caso? Reparamos en las luces de una camioneta que se acerca despacio en dirección contraria. Mejor esperar.

Cuando se acerca a nuestra altura, podemos ver que remolca a otro vehículo. La camioneta tiene un golpe grande en el costado derecho. Le hago señas para que se detenga. Adentro vienen varias personas. El conductor nos exhorta a buscar un lugar seguro. Nos invita a seguirlo a través de un desvío a una población cercana, alrededor de 40 minutos de ahí. Nos deja entrever que el golpe de la camioneta es producto de los bloqueos que hay más adelante. Tras un instante de consideración, le damos las gracias y lo dejamos marcharse.

En ese mismo momento, otro vehículo parece determinado a atravesar el bloqueo y empieza a flanquear las filas de piedras. Decidimos seguirlo. La peor parte está después del paso elevado, sobre el cual hemos visto siluetas observándonos, quietas y silenciosas como estatuas. Cuando pasamos al otro lado, nos reciben con una lluvia de piedras. Conseguimos pasar ilesos sólo para encontrar una nueva línea de rocas, ésta vez más grandes. No hay forma en que podamos pasar por ahí. Las han apilado de forma en que sólo un tractor podría atravesarlas. Hay una zanja empinada cubierta de grava entre ambos carriles. Hace falta descender por ahí para evitar las rocas y volver a subir más adelante para alcanzar de nuevo el asfalto. Jorge avanza primero. Baja con cuidado y está a punto de resbalar pero finalmente lo consigue. Es mi turno. Me advierte sobre la pendiente y la grava. Apenas he hecho un par de metros cuando el peso de la moto se inclina hacia un lado y vamos a parar al piso. Tiran más piedras desde el puente. Esta vez veo a las siluetas moverse y el viento lleva hasta mí sus risas. Son niños. Siempre fueron niños. Un escalofrío me recorre la espalda.

Levantamos la moto y continuamos adelante. Nos fijamos en el tráfico contrario para anticiparnos a cualquier sorpresa. La luna ilumina el desierto. Procuramos observar el optimismo. Los peores bloqueos deberían estar alrededor de La Paz pero a medida que nos alejamos, la situación debería mejorar. Tiene sentido. Debe tenerlo. Casi como respondiendo a mis pensamientos, una nueva fila de carros en sentido opuesto invade nuestro carril. Compartimos hipótesis sobre lo que nos espera. Pronto lo descubrimos. Un alud de arena bloquea el paso.

Hay un hombre en uniforme azul de pie junto al bloqueo. Sostiene algo en la mano. Parece ser un palo. Al otro lado se observa la sombra de un camión detenido. No parece haber nadie más. Nos acercamos despacio. El sujeto resulta ser el conductor del camión. El objeto que sostiene es la única herramienta que tiene a mano para abrir paso para su camión. Siento pena por la tarea que le espera pero ni siquiera nos queda tiempo para eso. Debemos seguir. Buscamos el punto más bajo de la montaña de arena y pasamos. Esta vez no hay rocas. Aceleramos a tope de nuevo en medio de la noche. Oruro está en algún punto más adelante. Quizás no todo esté perdido aún.

La advertencia llega esta vez en la forma de luces de parqueo. Nos acercamos de nuevo a un paso elevado. Sus destellos titilan en la oscuridad como luciérnagas. No se vislumbra mucho más. Nos detenemos en el brazo de acceso al puente. Hay rocas en el piso. Nos estamos quedando sin gasolina. Aprovecho para cargar la que queda en el bidón mientras Jorge habla con los conductores de los vehículos detenidos. El puente ofrece otra perspectiva. De repente, se hace evidente lo que no habíamos visto desde abajo. Más fuego, adelante, en varios puntos.
Empieza a ser hora de buscar refugio. Según un lugareño, el hotel más cercano está a 20 kms, en un pueblo llamado El Tolar. Decidimos buscar un desvío.

Nos alejamos de la carretera principal y rápidamente perdemos cualquier referente. Continuamos ayudándonos por un GPS intermitente y haciendo cálculos mentales sobre nuestra ubicación real. La trocha está llena de rizados y las motos se sacuden con fuerza. Es increíble que resistan este peso en esta condiciones. Pero así es y gracias a ello, de alguna forma, seguimos avanzando. La oscuridad hace difícil distinguir las intersecciones de ls zanjas y debemos volver un par de veces para corregir el rumbo. En silencio, ambos repasamos el peor escenario. Es una suerte que tengamos las carpas con nosotros pero ninguno de los dos quiere pasar la noche aquí. Finalmente conectamos con una trocha que nos lleva a la principal. Después de un rato aparece el desvío hacia El Tolar. ¿Lo hemos conseguido?

Pasamos un par de pueblos más pequeños. Todo está cerrado. No se ve siquiera a una persona. La única luz es la del alumbrado público. Bien podría tratarse de un pueblo fantasma. Encontramos una gasolinera y nos detenemos. Bajo el bidón de la moto y me acerco. En Bolivia es difícil comprar gasolina con placas extranjeras. Quizás puede convencer al dependiente de que nos venga un par de galones en el bidón. Si mantenemos las motos fuera del alcance de las cámaras (cada gasolinera tiene un par), puede que tengamos suerte. Un hombre diminuto, cubierto con muchas capas de abrigos y rostro quemado por el frío, está cerrando algo con llave. Me adelanto y le saludo. Intentó convencerle pero él sólo repite una y otra vez la misma frase. Por un momento pienso que me está hablando en una lengua indígena. Por más que cambio la pregunta y agudizo mi oído, no consigo entender lo que intenta decirme. Lleno de frustración, me doy la vuelta para regresar a la moto, cuando finalmente comprendo sus palabras. «No han traído. El bloqueo» Lo dice todo de un tirón. ELBLOQUEO. Entiendo todo de golpe. No sólo lo que intenta decirme, sino la gravedad de la situación. Miro hacia el cielo negro, sin estrellas, y siento el peso de todos los acontecimientos que nos han llevado allí. Lo siento caer sobre mí. No hago esfuerzos por detenerlo. No sabría cómo hacerlo. Le doy las gracias y camino de vuelta pensando en todos los puntos donde debe estarse repitiendo esta misma escena a través de muchos kilómetros a la redonda. De alguna forma, esto sólo parece ser el comienzo de algo más grande. Habíamos conseguido evadir la tormenta pero a cambio nos habíamos adentrado de lleno en otra cosa.

Llegamos a El Tolar. La única luz del pueblo es la del hotel. Caminamos en su dirección en completo silencio.

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