El Calafate

Salida de Puerto Natales

La ruta, de menos de 400 kms, parece casi como un descanso comparada a la dificultad de los últimos trayectos. ¡De nuevo, equivocados!

El día empieza jodido. Con frío y lluvia. Enrollado en el saco de dormir y a pesar de las cinco capas de ropa, no consigo calentarme. Acampar en un lugar como Puerto Natales sólo es una buena idea si uno busca ahorrar dinero. Camping Güino nos ha tratado bien pero estoy feliz de partir hacia, espero, un lugar menos frío (y menos abarrotado).

Empacar, desmontar la carpa, acomodar el equipaje, montar y asegurar todo en la moto. Armar tu vida de adentro hacia afuera. La ya conocida rutina. En un descuido, rompo en dos el pedazo de madera que traigo desde Nasca y que me ha sido tan útil para elevar la moto cuando hace falta algún mantenimiento. Me quedo mirándolo un rato, sopesando qué hacer. Decido guardarlo, igual, roto y todo. Ya veré cómo lo arreglo. O lo reemplazo, si puedo. Hasta entonces, seguiremos juntos, como tantas otras cosas remendadas, que dan testimonio de la dureza de la ruta.

La experiencia me ha mostrado que hace falta tener el reemplazo en mano antes de deshacerme de algo, por más fácil que parezca. Hacerlo es como desafiar al universo para que haga de las cosas más elementales, un tesoro imposible de encontrar. Una aguja, un pedazo de alambre, un tipo particular de tornillo. Entre la incertidumbre, la entropía y mi mala memoria, los días se han vuelto semanas en esas pequeñas y un tanto absurdas búsquedas . Para algunas cosas, el tiempo sigue contando.

Salimos tarde, como de costumbre. Decidimos, sin estar muy seguros, llevarle la contraria al GPS y en lugar de ir hacia Cerro Castillo, el paso fronterizo principal, tomar una ruta más corta pero cuyo estado es incierto.

Dejamos Chile con el combustible justo para alcanzar Río Turbio, el primer poblado del lado argentino por esta vía alternativa. Si algo saliera mal en la ruta, nos veríamos en un potencial aprieto. Todo sea por el ahorro de la gasolina vecina y, quizás, una pizca de aventura.

Cruzamos frontera sin mayores novedades. Lo que antes era suficiente para producir un pico de ansiedad se ha convertido en un trámite más. El cambio de ruta da resultado y alcanzamos Río Turbio. Tanqueamos en la primera gasolinera, felices de haberle ganado la apuesta al GPS. Comemos junto a la estación de servicio: alas de pollo y ensalada compradas en Chile.

Pablo, un argentino, nos hace conversación. Tiene una Super Tenere casi nueva. Lo han trasladado aquí desde su natal Misiones, en la esquina opuesta del país. Trabaja en la planta de carbón que proporciona electricidad a la región. Nos cuenta sobre el invierno del ’84, donde la nieve alcanzó tres metros y hubo desabastecimiento y saqueos en la ciudad. También sobre su vida en California y sus viajes en una Vulcan 1500.

Otro error

La dicha dura poco. Nuestro viejo y conocido antagonista entra en escena. El pronóstico había predicho vientos de 20 kms/h pero es claro que ha habido un cambio de planes. Las ráfagas, que fácilmente alcanzan cuatro veces esa velocidad, aparecen de la nada y parecen decididas a sacarnos hacia la banquina, o, peor, hacia el carril contrario. Es una suerte que el tráfico pesado sea poco hoy.

Como ya nos había pasado en la ruta 3 hacia Ushuaia, las motos, inclinadas en un ángulo ridículo (única manera de resistirse a la enorme fuerza), dan bandazos de lado a lado, esforzándose para sobreponerse, consumiendo el doble del precioso combustible en el proceso.

Avanzamos por la mitad de la carretera para tener un mayor margen de maniobra frente a las súbitas y más fuertes corrientes que amenazan con empujarnos a un lado. Pronto empiezo a sentir los músculos del costado izquierdo, tensos y doloridos por el esfuerzo. El cuello se ha vuelto una estaca que lucha por permanecer en su lugar.

Sin duda es el viento más potente que hemos experimentado hasta la fecha. Y para hacerlo más interesante, se trata de un aire gélido, proveniente de los glaciares. La temperatura baja rápidamente varios grados. Se siente como si alguien hubiera dejado abierta la puerta del congelador de los dioses.

Su rugido es tan increíble como su fuerza y sobrepasa todos los demás sonidos. A duras penas se alcanza a oír el motor. Ni hablar de los intercomunicadores. Como resultado, en algún punto, sin darnos cuenta, Jorge y yo nos hemos separado.

Continúo por mi cuenta un rato más hasta que el frío se hace insoportable. Encuentro un puesto fijo en medio de la pampa y me adentro en él. Tengo los dedos entumecidos. Me las arreglo para sacar los guantes de invierno y ponerme el impermeable. El viento sigue en todo momento, indiferente a mis esfuerzos. Procuro hacer todo lo más rápido para volver a la ruta. El cansancio y el afán, sin embargo, me llevan a cometer un error que sólo notaré horas después, cuando ya es demasiado tarde.

Vuelto a la carretera y poco después me reencuentro con Jorge. A nuestra izquierda, el sol del atardecer ilumina una cadena de nevados. La vista es increíble. Las siluetas de algunos guanacos se recortan contra la pampa interminable. Empezamos un descenso sinuoso donde el viento nos da un descanso. Aprovechamos para conversar un rato. Me entero de que me ha esperado en el borde de bifurcación donde había un atajo por una carretera secundaria sin pavimentar. No entendemos cómo yo lo he pasado sin que ninguno viera el otro pero ha pasado. Al final, creo que ha sido mejor así, la combinación del viento y el ripio podrían haberle dado un final muy diferente al día.

Llegamos a El Calafate. Atravesamos su calle principal, llena de cervecerías y restaurantes. El viento ha vuelto a imponerse. Buscamos un sitio para cenar y aprovechamos para buscar alojamiento. Las opciones son caras aquí y terminamos en un peculiar hostal familiar cerca al restaurante. Al momento de volver a la moto, reparo en el error que he cometido producto del viento y el cansancio en mi breve parada en el puesto fijo al borde la carretera: he perdido las llaves de las maletas.

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