Cuarentena : Día I

Salimos del Hostal Baobab pasado el mediodía, agradecidos por el cambio de acontecimientos. Con el aislamiento al que nos dirigíamos sin saberlo, esa decisión repentina de mudarnos habría terminado por ser una movida crítica a nuestro favor.

Avanzamos por la calle principal en dirección al glaciar, como nos explicó Beatriz del Airbnb. A las afueras de la ciudad, nos desvíamos por una carretera secundaria, llena de ripio, que asciende hacia las montañas que rodean El Calafate. Después de dar vueltas un rato buscando el lugar, sin éxito, lo encontramos.

Está ubicado en una esquina. Una construcción de dos plantas, simétrica, que alberga cinco apartamentos por cada lado. Nos corresponde la cara interior, junto a la casa del vecino. Un border collie nos ladra (como es costumbre con muchos perros) al vernos llegar en la moto pero se esconde una vez descendemos y nos acercamos. Resulta ser un poco tímido.

Bajamos nuestras cosas y tomamos posesión del lugar. Será la primera vez en casi dos meses que tenemos un espacio para nosotros. Había ya dentro nuestro una calmada desesperación. Desde Buenos Aires, habíamos dado tumbos por cuartos de hotel, zonas de camping. y habitaciones compartidas en hostales y en apartamentos. Saboreamos de antemano el alivio de volver a un lugar propio (o a la ilusión momentánea de tenerlo) y poder cocinar, trabajar sin interrupciones o simplemente andar por ahí.

En las noticias, el coronavirus parece ir tomando fuerza. La amenaza que hasta ahora era lejana empieza a tomar forma con una rapidez inquietante. Igual, debe ser todo una exageración. Un miedo pasajero. Nada que pudiera cambiar demasiado nuestros planes, ¿no es cierto?

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