Diario de viaje

El Calafate

Salida de Puerto Natales

La ruta, de menos de 400 kms, parece casi como un descanso comparada a la dificultad de los últimos trayectos. ¡De nuevo, equivocados!

El día empieza jodido. Con frío y lluvia. Enrollado en el saco de dormir y a pesar de las cinco capas de ropa, no consigo calentarme. Acampar en un lugar como Puerto Natales sólo es una buena idea si uno busca ahorrar dinero. Camping Güino nos ha tratado bien pero estoy feliz de partir hacia, espero, un lugar menos frío (y menos abarrotado).

Empacar, desmontar la carpa, acomodar el equipaje, montar y asegurar todo en la moto. Armar tu vida de adentro hacia afuera. La ya conocida rutina. En un descuido, rompo en dos el pedazo de madera que traigo desde Nasca y que me ha sido tan útil para elevar la moto cuando hace falta algún mantenimiento. Me quedo mirándolo un rato, sopesando qué hacer. Decido guardarlo, igual, roto y todo. Ya veré cómo lo arreglo. O lo reemplazo, si puedo. Hasta entonces, seguiremos juntos, como tantas otras cosas remendadas, que dan testimonio de la dureza de la ruta.

La experiencia me ha mostrado que hace falta tener el reemplazo en mano antes de deshacerme de algo, por más fácil que parezca. Hacerlo es como desafiar al universo para que haga de las cosas más elementales, un tesoro imposible de encontrar. Una aguja, un pedazo de alambre, un tipo particular de tornillo. Entre la incertidumbre, la entropía y mi mala memoria, los días se han vuelto semanas en esas pequeñas y un tanto absurdas búsquedas . Para algunas cosas, el tiempo sigue contando.

Salimos tarde, como de costumbre. Decidimos, sin estar muy seguros, llevarle la contraria al GPS y en lugar de ir hacia Cerro Castillo, el paso fronterizo principal, tomar una ruta más corta pero cuyo estado es incierto.

Dejamos Chile con el combustible justo para alcanzar Río Turbio, el primer poblado del lado argentino por esta vía alternativa. Si algo saliera mal en la ruta, nos veríamos en un potencial aprieto. Todo sea por el ahorro de la gasolina vecina y, quizás, una pizca de aventura.

Cruzamos frontera sin mayores novedades. Lo que antes era suficiente para producir un pico de ansiedad se ha convertido en un trámite más. El cambio de ruta da resultado y alcanzamos Río Turbio. Tanqueamos en la primera gasolinera, felices de haberle ganado la apuesta al GPS. Comemos junto a la estación de servicio: alas de pollo y ensalada compradas en Chile.

Pablo, un argentino, nos hace conversación. Tiene una Super Tenere casi nueva. Lo han trasladado aquí desde su natal Misiones, en la esquina opuesta del país. Trabaja en la planta de carbón que proporciona electricidad a la región. Nos cuenta sobre el invierno del ’84, donde la nieve alcanzó tres metros y hubo desabastecimiento y saqueos en la ciudad. También sobre su vida en California y sus viajes en una Vulcan 1500.

Otro error

La dicha dura poco. Nuestro viejo y conocido antagonista entra en escena. El pronóstico había predicho vientos de 20 kms/h pero es claro que ha habido un cambio de planes. Las ráfagas, que fácilmente alcanzan cuatro veces esa velocidad, aparecen de la nada y parecen decididas a sacarnos hacia la banquina, o, peor, hacia el carril contrario. Es una suerte que el tráfico pesado sea poco hoy.

Como ya nos había pasado en la ruta 3 hacia Ushuaia, las motos, inclinadas en un ángulo ridículo (única manera de resistirse a la enorme fuerza), dan bandazos de lado a lado, esforzándose para sobreponerse, consumiendo el doble del precioso combustible en el proceso.

Avanzamos por la mitad de la carretera para tener un mayor margen de maniobra frente a las súbitas y más fuertes corrientes que amenazan con empujarnos a un lado. Pronto empiezo a sentir los músculos del costado izquierdo, tensos y doloridos por el esfuerzo. El cuello se ha vuelto una estaca que lucha por permanecer en su lugar.

Sin duda es el viento más potente que hemos experimentado hasta la fecha. Y para hacerlo más interesante, se trata de un aire gélido, proveniente de los glaciares. La temperatura baja rápidamente varios grados. Se siente como si alguien hubiera dejado abierta la puerta del congelador de los dioses.

Su rugido es tan increíble como su fuerza y sobrepasa todos los demás sonidos. A duras penas se alcanza a oír el motor. Ni hablar de los intercomunicadores. Como resultado, en algún punto, sin darnos cuenta, Jorge y yo nos hemos separado.

Continúo por mi cuenta un rato más hasta que el frío se hace insoportable. Encuentro un puesto fijo en medio de la pampa y me adentro en él. Tengo los dedos entumecidos. Me las arreglo para sacar los guantes de invierno y ponerme el impermeable. El viento sigue en todo momento, indiferente a mis esfuerzos. Procuro hacer todo lo más rápido para volver a la ruta. El cansancio y el afán, sin embargo, me llevan a cometer un error que sólo notaré horas después, cuando ya es demasiado tarde.

Vuelto a la carretera y poco después me reencuentro con Jorge. A nuestra izquierda, el sol del atardecer ilumina una cadena de nevados. La vista es increíble. Las siluetas de algunos guanacos se recortan contra la pampa interminable. Empezamos un descenso sinuoso donde el viento nos da un descanso. Aprovechamos para conversar un rato. Me entero de que me ha esperado en el borde de bifurcación donde había un atajo por una carretera secundaria sin pavimentar. No entendemos cómo yo lo he pasado sin que ninguno viera el otro pero ha pasado. Al final, creo que ha sido mejor así, la combinación del viento y el ripio podrían haberle dado un final muy diferente al día.

Llegamos a El Calafate. Atravesamos su calle principal, llena de cervecerías y restaurantes. El viento ha vuelto a imponerse. Buscamos un sitio para cenar y aprovechamos para buscar alojamiento. Las opciones son caras aquí y terminamos en un peculiar hostal familiar cerca al restaurante. Al momento de volver a la moto, reparo en el error que he cometido producto del viento y el cansancio en mi breve parada en el puesto fijo al borde la carretera: he perdido las llaves de las maletas.

Cuarentena : Día I

Salimos del Hostal Baobab pasado el mediodía, agradecidos por el cambio de acontecimientos. Con el aislamiento al que nos dirigíamos sin saberlo, esa decisión repentina de mudarnos habría terminado por ser una movida crítica a nuestro favor.

Avanzamos por la calle principal en dirección al glaciar, como nos explicó Beatriz del Airbnb. A las afueras de la ciudad, nos desvíamos por una carretera secundaria, llena de ripio, que asciende hacia las montañas que rodean El Calafate. Después de dar vueltas un rato buscando el lugar, sin éxito, lo encontramos.

Está ubicado en una esquina. Una construcción de dos plantas, simétrica, que alberga cinco apartamentos por cada lado. Nos corresponde la cara interior, junto a la casa del vecino. Un border collie nos ladra (como es costumbre con muchos perros) al vernos llegar en la moto pero se esconde una vez descendemos y nos acercamos. Resulta ser un poco tímido.

Bajamos nuestras cosas y tomamos posesión del lugar. Será la primera vez en casi dos meses que tenemos un espacio para nosotros. Había ya dentro nuestro una calmada desesperación. Desde Buenos Aires, habíamos dado tumbos por cuartos de hotel, zonas de camping. y habitaciones compartidas en hostales y en apartamentos. Saboreamos de antemano el alivio de volver a un lugar propio (o a la ilusión momentánea de tenerlo) y poder cocinar, trabajar sin interrupciones o simplemente andar por ahí.

En las noticias, el coronavirus parece ir tomando fuerza. La amenaza que hasta ahora era lejana empieza a tomar forma con una rapidez inquietante. Igual, debe ser todo una exageración. Un miedo pasajero. Nada que pudiera cambiar demasiado nuestros planes, ¿no es cierto?

Escapando de Bolivia II

Son las siete de la mañana. El hombre en la televisión es Evo Morales, el presidente de Bolivia. Debajo suyo rotan variaciones del mismo titular:
se ha decidido convocar nuevas elecciones.

Nos miramos en silencio, todavía desde la cama, tratando de descifrar lo que implica este último giro de acontecimientos. El anuncio, conjeturamos, podría calmar los ánimos lo suficiente para que nuestro plan de continuar hacia Uyuni sea todavía una posibilidad.

Sin embargo, el optimismo dura poco. Mientras desayunamos, las noticias muestran un desfile de personajes opositores pidiendo la renuncia de Morales. Entre cada declaración, transmiten escenas de lo que parecen protestas en varios puntos del país. Una comisión de mineros que se dirigía a La Paz proveniente de Potosí, se dice, ha sido atacada por francotiradores en un bloqueo cercano a Oruro dejando varias víctimas mortales.

Los rumores en el pequeño hotel de carretera hablan de barricadas en el siguiente pueblo. Más adelante, bloqueos y enfrentamientos. La sección más crítica se sitúa más al sur, en la vía nacional Oruro – Uyuni, justo la misma que hemos intentado tomar. La información es fragmentada y los reportes confusos pero hay un consenso general: lejos de mejorar, la situación está empeorando.

Después de discutirlo con mapa en mano, decidimos tomar una ruta secundaria y hacer un desvío de unos 200 kms hacia el oeste para evitar Oruro y alcanzar a Uyuni por vías menos transitadas.

Compramos agua y provisiones. Don Abraham, el dueño, se toma una foto con nosotros antes de salir hacia Patacamaya, nuestro primer hito del día. Tiene una reconfortante energía paterna que en este momento se siente como una bendición.

Los dos carriles contrarios permanecen vacíos. Pronto aparecen autos en dirección opuesta, invadiendo uno de los nuestros. Sabemos lo que significa pero decidimos seguir. Cinco minutos después, el siguiente pueblo aparece en el horizonte. La enorme fila de autos estacionados en la salida opuesta confirma lo que ya sospechábamos: otro bloqueo. 

A un costado, en la entrada hacia una carretera de tierra, divisamos otro grupo, más pequeño, detenido. Unas personas han bajado de los vehículos y parecen estudiar algo en la vía. Nos acercamos y encontramos que una larga y profunda zanja, paralela a la vía del tren, para bloquear el paso. Seguramente un intento de los manifestantes por cerrar los posibles desvíos. Después de una pausa, parados sobre los posapies para maniobrar mejor, nos lanzamos en diagonal por un estrecho espacio libre de rocas. Las motos se sacuden y saltan con violencia como potros salvajes. De alguna forma, hemos conseguido pasar.

Aun me vibran un poco los dientes por el remezón cuando aparece la siguiente sorpresa, esta vez en forma de río. A diferencia del lecho seco del día anterior, éste fluye alegremente arrastrando suficiente caudal como para resultar inquietante. El agua es de un bonito azul turquesa. Dentro de ella, hasta la cadera, hay una mujer. Se apoya con una mano en un letrero de madera que lee “PROHIBIDO MOTOS” mientras nos invita a pasar con la otra. Otro pequeño guiño del viaje que no pasa desapercibido. Jorge entra primero. Al llegar a la parte más profunda, la moto alcanza un suelo lleno de rocas y se sacude por un momento al perder agarre. Con un golpe de acelerador, consigue enderezarse y atraviesa al otro lado sin problema.

Nos detenemos constantemente para intentar descifrar esta intrincada red de caminos secundarios. El GPS sólo registra una porción minúscula, debemos apoyarnos en conjeturas y un poco en el azar para continuar. Durante un rato, avanzamos sin novedad por el difícil terreno. Las motos, que deben sobrepasar los 300 kilos, se comportan a la altura. Cada vez me sorprende más su resistencia. En verdad son máquinas increíbles.

Desde que cruzamos el río, no hemos visto a nadie más. Los caminos y las casas que se divisan desde él parecen desiertos. Sin embargo, esto está a punto de cambiar pues nos encontramos de frente con un retén improvisado. El descubrimiento nos toma por sorpresa. ¿De dónde han salido y por qué están en un punto tan alejado de la vía principal? De repente, comprendo que la aparente soledad ha sido sólo eso, una ilusión y que hay ojos viéndonos. No hay tiempo para pensar mucho más pues nos hacen señales para detenernos.

El retén está conformado por una docena de personas. La mayoría están sentadas al lado del camino bajo el fuerte sol. Junto a ellos hay botellas y comida. Nadie habla. Son todos de apariencia campesina, muy humildes. El rostro vivo de la desigualdad. Es la primera vez que estamos tan cerca físicamente. Quiero preguntarles sobre la situación. Escuchar de sus propias voces lo que está pasando. Lo que sabemos es sólo una isla en un gran mar de suposiciones. Pero mi instinto me dice que éste no es el momento. En sus miradas, entre el cansancio, creo ver algo de desconfianza. Intento vernos a través de sus ojos y me parece comprenderlo. Somos dos extranjeros en motos enormes cargados de maletas. Nos han encontrado en un camino secundario intentando eludir los bloqueos de las vías principales. Los sucesos de ayer nos mostraron que hacerlo es una grave falta de respeto. Nunca fue nuestra intención, por supuesto, pero eso ellos no tienen forma de saberlo.

Una voz me devuelve a la realidad. Pertenece al hombre que hasta hace un momento sostenía la soga que impedía el paso. Se ha acercado hasta Jorge y sus preguntas me llegan hasta mí a través del intercomunicador. De dónde venimos, para dónde vamos, de dónde somos, qué hacemos ahí. La tensión es palpable. Un segundo hombre se acerca hacía mí y repite el cuestionario. Nuestras respuestas parecen satisfacerlos. Tras una breve pausa en silencio. Nos piden algo de ayuda para la causa. Les damos algo de dinero. Con la cabeza, sin mediar palabra, nos hacen un gesto para que avancemos.

Continuamos. Nos encontramos con algunos vehículos que vienen en dirección contraria. Buena señal. Debemos estar cerca de Patacamaya. Seguimos en esa dirección y en efecto, unos minutos después hemos alcanzado nuestra primera parada. La alegría inicial se mezcla con algo de preocupación. El desvío ha funcionado, hemos evitado el bloqueo. Sin embargo, han pasado casi dos horas y apenas avanzado 32 kilómetros. Quedan alrededor de 660 para alcanzar Uyuni. Nos ponemos rápidamente en marcha. No lo sabemos aún pero la prisa me lleva a cometer un error. He olvidado repostar gasolina.

Escapando de Bolivia I

El tráfico está casi detenido. Los microbuses vibran y zumban como un enjambre. La gente camina rápido en todas direcciones en búsqueda de refugio. Son apenas las cuatro y media de la tarde pero el manto oscuro que avanza amenazador desde el horizonte sugiere algo muy diferente.

En lugar de evitar la ciudad de El Alto, la Ruta Nacional 2 proveniente de Copacabana desemboca directamente en su calle principal. El buen ritmo que hasta entonces habíamos llevado se ha reducido a pequeños tirones entre los movimientos erráticos del panal. Ahora las primeras gotas de la tormenta que intentábamos dejar atrás empiezan a caer sobre las calles polvorientas.

El Alto es la segunda ciudad más poblada de Bolivia y sobre los 4000 metros de altura, también es una de las más altas. Se funde con La Paz para formar la urbe metropolitana más grande del país. Por encima de ésta, la tormenta que empieza, ha venido cerniéndose una más grande. Una tempestad social en forma de manifestaciones, enfrentamientos y bloqueos desde que las elecciones anunciaron la re-elección del presidente actual hace poco más de una semana. El Alto ha sido uno de sus epicentros. Desde la televisión de nuestro cuarto de hotel en la ahora lejana Copacabana hemos visto su nombre una y otra vez en las noticias. Habíamos decidido con una mezcla de incertidumbre y respeto y saltarnos La Paz para pasar directo hacia Oruro en nuestro camino hasta Uyuni. Un error de cálculo en la Ruta Nacional 2 nos ha llevado directo aquí.

Decidimos probar suerte y salimos por una calle secundaria. El GPS nos lleva a través de barrios humildes con carreteras de tierra que parecen haber sido bombardeadas. En las paredes de ladrillos se leen, pintadas en aerosol, variaciones de la misma frase: «Cualquier ladrón será quemado vivo». En otras se ven murales políticos a favor y en contra de Evo Morales. Perros callejeros recorren las calles ahora casi vacías. Unos cuantos, duermen sobre la tierra, como muertos. Otros han roto las bolsas de basura en las esquinas y se pelean por su contenido.

El desvío parece funcionar y avanzamos cada vez a mejor ritmo. Llevamos todavía la tormenta en los talones pero hay esperanza. Estamos ya casi al otro lado de la ciudad. Una risa nerviosa reemplaza la tensión. Ha estado cerca. Menudo contraste, ahora recorremos una autopista casi desierta.

Pasamos lo que parece ser uno de los últimos semáforos y las risas se acaban de repente. Una fila de carros aparece de la nada en dirección contraria invadiendo nuestro carril. Salimos a la berma para darles paso. ¿Qué carajos fue eso? No hay más tráfico en dirección contraria. Intento descifrar qué pasa más adelante. Una columna de humo negro se eleva lentamente. Se entrevén siluetas agitando los puños hacia el cielo. ¿Podría ser…?

Nos cambiamos al carril auxiliar y continuamos despacio. Vemos cómo el tráfico enfila hacia otra calle buscando un desvío. Decidimos avanzar un poco más antes de seguirlo. Todo esto ocurre espontáneamente. Los intercomunicadores están cargando y nos comunicamos por señas mientras tanto. Recuerdo las experiencias de otros viajeros en situaciones similares donde han enfrentado bloqueos y les han permitido pasar. En mi mente, todo tiene sentido. Seguro será así aquí también. Venimos de paso. No pertenecemos a ningún bando. ¿Por qué habría de ser diferente?

El carril auxiliar se convierte en un terraplén de color rojizo suavizado por la lluvia. Salvo por un Mercedes color verde adelante, somos los únicos. Reconozco en el carril central a una van decorada con pegatinas mexicanas que habíamos visto en Copacabana. Parecen compartir nuestro mismo plan. Nos detenemos un momento para poner los intercomunicadores y discutir qué hacer. Por el rabillo del ojo, veo que el dueño del Mercedes se ha apeado y observa la zanja que se abre adelante, cuestionándose sobre seguir o regresar.

Desde nuestra nueva posición, pueden verse claramente a los manifestantes. Hombres y mujeres caminan en pequeños grupos alrededor de las hogueras y el humo. El vehículo de los mexicanos está dando marcha atrás. Algo no está bien. Reparo simultáneamente en varias cosas. El conductor del Mercedes ha regresado a su carro e intenta franquear lentamente la zanja. Lucho con los guantes que me impiden conectar el intercomunicador. Hay una tensión palpable en el aire. De repente se hace muy importante hablar con Jorge. Algo me dice que debemos actuar rápido. Levanto la mirada y veo a un par de siluetas avanzar en nuestra dirección desde el bloqueo. De repente me doy cuenta que somos los únicos que se han acercado hasta este punto. No veo a nadie más alrededor. ¿Dónde se ha metido todo el mundo? Mis dedos resbalan una y otra vez sobre el cable. Los movimientos se hacen cada vez más frenéticos, sin éxito. El Mercedes ha pasado la zanja y está ahora en la mitad entre ellos y nosotros. Más siluetas se unen al grupo. ¿Vienen hacia el carro o hacia nosotros? Algunos empuñan palos y están gritando algo. En un instante parecen haber recortado mucha distancia. A la mierda con los intercomunicadores. Escucho la voz de Jorge. «Vámonos de aquí». Damos la vuelta. Las motos están más pesadas que nunca. Ambos nos concentramos en evitar una caída. Los casi trescientos kilos parecen haberse duplicado. Las botas se hunden en el barro. Por un instante, resbalo y me preparo para perder el equilibrio pero de forma inexplicable, consigo enderezar la moto en el último momento. Algo estalla detrás nuestro. El sonido es suficiente para romper la parálisis y terminar de dar la vuelta.


Regresamos hasta el desvío y nos metemos en la fila con el resto del tráfico. Nos adentramos por caminos despoblados. Hacemos zigzag sin un rumbo claro. Nos vamos separando en grupos apostando por caminos diferentes. Las calles van perdiendo forma y las casas empiezan a espaciarse más y más. Pronto nos encontramos al borde del desierto. El GPS no reconoce ya nuestra posición. La ciudad es ahora una línea en el horizonte del cuál se desprenden columnas de humo negro. Más bloqueos. Del otro lado está la tormenta, de nuevo, ganando terreno. Pasamos un río seco con algo de dificultad. Avanzamos a ciegas por entre las trochas, intentando calcular el punto dónde entrar de nuevo a la carretera principal. La luz se hace más escasa. Después de varios rodeos, lo conseguimos. El carril opuesto está desierto. Debe haber otro bloqueo en algún punto. Aprovechamos el asfalto y aceleramos a fondo. La tensión da paso a una risa nerviosa. Es tarde pero todavía podemos alcanzar Oruro si apretamos el paso. Hacemos cálculos mientras repasamos la situación. Estamos tan absortos en la tarea y está tan oscuro ya que no vemos el humo y para el momento en que reparamos en las piedras tiradas en el camino debajo de un paso elevado, estamos de nuevo cara a cara con el siguiente bloqueo.

Nos detenemos una vez más. La situación reviste una gravedad diferente. Hay personas sobre el paso elevado pero la carretera parece estar desierta. En su lugar hay una capa de piedras grandes. ¿Podríamos sortearlas, dado el caso? Reparamos en las luces de una camioneta que se acerca despacio en dirección contraria. Mejor esperar.

Cuando se acerca a nuestra altura, podemos ver que remolca a otro vehículo. La camioneta tiene un golpe grande en el costado derecho. Le hago señas para que se detenga. Adentro vienen varias personas. El conductor nos exhorta a buscar un lugar seguro. Nos invita a seguirlo a través de un desvío a una población cercana, alrededor de 40 minutos de ahí. Nos deja entrever que el golpe de la camioneta es producto de los bloqueos que hay más adelante. Tras un instante de consideración, le damos las gracias y lo dejamos marcharse.

En ese mismo momento, otro vehículo parece determinado a atravesar el bloqueo y empieza a flanquear las filas de piedras. Decidimos seguirlo. La peor parte está después del paso elevado, sobre el cual hemos visto siluetas observándonos, quietas y silenciosas como estatuas. Cuando pasamos al otro lado, nos reciben con una lluvia de piedras. Conseguimos pasar ilesos sólo para encontrar una nueva línea de rocas, ésta vez más grandes. No hay forma en que podamos pasar por ahí. Las han apilado de forma en que sólo un tractor podría atravesarlas. Hay una zanja empinada cubierta de grava entre ambos carriles. Hace falta descender por ahí para evitar las rocas y volver a subir más adelante para alcanzar de nuevo el asfalto. Jorge avanza primero. Baja con cuidado y está a punto de resbalar pero finalmente lo consigue. Es mi turno. Me advierte sobre la pendiente y la grava. Apenas he hecho un par de metros cuando el peso de la moto se inclina hacia un lado y vamos a parar al piso. Tiran más piedras desde el puente. Esta vez veo a las siluetas moverse y el viento lleva hasta mí sus risas. Son niños. Siempre fueron niños. Un escalofrío me recorre la espalda.

Levantamos la moto y continuamos adelante. Nos fijamos en el tráfico contrario para anticiparnos a cualquier sorpresa. La luna ilumina el desierto. Procuramos observar el optimismo. Los peores bloqueos deberían estar alrededor de La Paz pero a medida que nos alejamos, la situación debería mejorar. Tiene sentido. Debe tenerlo. Casi como respondiendo a mis pensamientos, una nueva fila de carros en sentido opuesto invade nuestro carril. Compartimos hipótesis sobre lo que nos espera. Pronto lo descubrimos. Un alud de arena bloquea el paso.

Hay un hombre en uniforme azul de pie junto al bloqueo. Sostiene algo en la mano. Parece ser un palo. Al otro lado se observa la sombra de un camión detenido. No parece haber nadie más. Nos acercamos despacio. El sujeto resulta ser el conductor del camión. El objeto que sostiene es la única herramienta que tiene a mano para abrir paso para su camión. Siento pena por la tarea que le espera pero ni siquiera nos queda tiempo para eso. Debemos seguir. Buscamos el punto más bajo de la montaña de arena y pasamos. Esta vez no hay rocas. Aceleramos a tope de nuevo en medio de la noche. Oruro está en algún punto más adelante. Quizás no todo esté perdido aún.

La advertencia llega esta vez en la forma de luces de parqueo. Nos acercamos de nuevo a un paso elevado. Sus destellos titilan en la oscuridad como luciérnagas. No se vislumbra mucho más. Nos detenemos en el brazo de acceso al puente. Hay rocas en el piso. Nos estamos quedando sin gasolina. Aprovecho para cargar la que queda en el bidón mientras Jorge habla con los conductores de los vehículos detenidos. El puente ofrece otra perspectiva. De repente, se hace evidente lo que no habíamos visto desde abajo. Más fuego, adelante, en varios puntos.
Empieza a ser hora de buscar refugio. Según un lugareño, el hotel más cercano está a 20 kms, en un pueblo llamado El Tolar. Decidimos buscar un desvío.

Nos alejamos de la carretera principal y rápidamente perdemos cualquier referente. Continuamos ayudándonos por un GPS intermitente y haciendo cálculos mentales sobre nuestra ubicación real. La trocha está llena de rizados y las motos se sacuden con fuerza. Es increíble que resistan este peso en esta condiciones. Pero así es y gracias a ello, de alguna forma, seguimos avanzando. La oscuridad hace difícil distinguir las intersecciones de ls zanjas y debemos volver un par de veces para corregir el rumbo. En silencio, ambos repasamos el peor escenario. Es una suerte que tengamos las carpas con nosotros pero ninguno de los dos quiere pasar la noche aquí. Finalmente conectamos con una trocha que nos lleva a la principal. Después de un rato aparece el desvío hacia El Tolar. ¿Lo hemos conseguido?

Pasamos un par de pueblos más pequeños. Todo está cerrado. No se ve siquiera a una persona. La única luz es la del alumbrado público. Bien podría tratarse de un pueblo fantasma. Encontramos una gasolinera y nos detenemos. Bajo el bidón de la moto y me acerco. En Bolivia es difícil comprar gasolina con placas extranjeras. Quizás puede convencer al dependiente de que nos venga un par de galones en el bidón. Si mantenemos las motos fuera del alcance de las cámaras (cada gasolinera tiene un par), puede que tengamos suerte. Un hombre diminuto, cubierto con muchas capas de abrigos y rostro quemado por el frío, está cerrando algo con llave. Me adelanto y le saludo. Intentó convencerle pero él sólo repite una y otra vez la misma frase. Por un momento pienso que me está hablando en una lengua indígena. Por más que cambio la pregunta y agudizo mi oído, no consigo entender lo que intenta decirme. Lleno de frustración, me doy la vuelta para regresar a la moto, cuando finalmente comprendo sus palabras. «No han traído. El bloqueo» Lo dice todo de un tirón. ELBLOQUEO. Entiendo todo de golpe. No sólo lo que intenta decirme, sino la gravedad de la situación. Miro hacia el cielo negro, sin estrellas, y siento el peso de todos los acontecimientos que nos han llevado allí. Lo siento caer sobre mí. No hago esfuerzos por detenerlo. No sabría cómo hacerlo. Le doy las gracias y camino de vuelta pensando en todos los puntos donde debe estarse repitiendo esta misma escena a través de muchos kilómetros a la redonda. De alguna forma, esto sólo parece ser el comienzo de algo más grande. Habíamos conseguido evadir la tormenta pero a cambio nos habíamos adentrado de lleno en otra cosa.

Llegamos a El Tolar. La única luz del pueblo es la del hotel. Caminamos en su dirección en completo silencio.

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